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Los relatos del blog están divididos en varios títulos genéricos que son "Reflexiones", donde hallaréis escritos espirituales y reflexivos, "Una mirada al Alma" donde podréis leer historias muy profundas de crecimiento personal, del alma, "El Romántico Obsoleto", que cuenta con relatos de humor, irónicos, historias de la vida cotidiana del ser humano, "Diálogos", que son como la palabra dice, conversaciones que suelen ser muy profundas y espirituales, y por último he publicado tres capítulos de una de las novelas en las que estoy trabajando "Alma Cristalina". Disfrutad con todos ellos y compartidlos si os animáis a hacerlo para ayudarme a difundirlos.

Gracias por leerme, bendiciones a todos.
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jueves, 12 de mayo de 2016

ALMA CRISTALINA - CAPÍTULO 1 - EL COMPOSITOR Y SU PROMETIDA


Ella, frágil, de aspecto descuidado, de alma intensa, de aroma fresco a jazmines y rosas, de mejillas sonrojadas por su tímida empatía con la vida, permanecía allí, inmóvil, observando a aquel hombre torpe, caballeroso y conquistador, elegante, aunque sencillo, de cabello lacio y negro, de ojos azules, profundos, que se rodeaba de mujeres atractivas embelesadas por su sonrisa, por su talante, por su aire de seductor.
Ella, es decir, Marcela, no lograba apartar su mirada de él, tal vez porque ninguna mujer era inmune a sus encantos. Pero ella sabía que había algo más que la atraía hacia él, pues conocía los misterios que hay en las almas de otros, y desde su perspectiva, desde su extraña habilidad que la acompañaba desde siempre, se adivinaban los ocultos misterios entre los destellos de aquellos ojos que cautivaban a todas aquellas damas acicaladas, vestidas de forma ostentosa para la ocasión.
Un compositor como él no podía ser descortés ante todo un tumulto que esperaba su autógrafo, o alguna dedicatoria especial, además de ser halagado y venerado, ante la vigilante y recelosa mirada de su prometida, la ilustre señorita Vanessa Montalbán, hija del gran empresario Mario Montalbán, un hombre recio y severo, que la había educado entre caprichos y lujos, lejos de su amor de padre, convirtiéndola así en una mujer posesiva y dependiente, carente de compasión, egoísta, quien apenas soportaba  a las ansiosas mujeres que asistían a aquellos eventos en los que su pareja se convertía en el hombre más deseado y codiciado por las demás féminas, que para ella eran sólo la competencia, una abrumadora nube de posibles sospechosas que la llevaban a obsesionarse con la idea de que su prometido le fuera infiel.
Aquella mujer, que en realidad era un alma indefensa, propensa a la neurosis, necesitada de cariño, inspiraba en Marcela cierta compasión, tal vez porque también podía leer en sus ojos la desesperación y el miedo de perder lo más valioso para ella, su gran amor.
El nuevo disco de Jan Sinclair, era una obra de arte. Su música era capaz de acariciar lo más profundo de una persona. Tiempo atrás, cuando todavía nadie le conocía, solía componer de noche, tras su jornada laboral, dispuesto a llegar a ser conocido, para así cumplir su gran sueño.
Las estrellas le inspiraban, sus historias de amor, sus ideales, y su imaginación era el punto clave para darle vida a lo que su alma era capaz de cantar en formas claras y hermosas, melodías creadas con una mezcla de amor, tristeza, profundidad y agonía.
Marcela amaba su música, y desde aquel día en que le vio, supo que también le amaba a él, porque reconocía lo que su alma emanaba desde lo más profundo de su ser. Deseaba mirarle de cerca, contemplar su sonrisa, sus ojos, saludarle, escuchar su voz, a pesar de que no sabía cómo acercarse, cómo presentarse allí, cómo atravesar la gran barrera de mujeres que le rodeaba y cómo protegerse de la compañía guardiana de su pareja, pues todo aquello impedía que ella, una sencilla camarera contratada para aquel evento, lograra llegar hasta él.

- Anda, no te de vergüenza, llévale una copa de champany, salta toda esa cola de mujeres bañadas en perfume caro y con tres kilos de maquillaje y demuéstrale que tú vales más que ellas - le instó Patricia, su compañera, al pasar por allí.

- ¿Estás loca? - reclamó ella susurrando - tiene pareja, ¿no lo ves?

- No es su gran amor, estoy segura, - afirmó Patricia. - créeme tengo buen ojo para saber esas cosas.

- De todas maneras, se merece mi respeto, y además, yo no he venido aquí para ligar con él, sólo he venido a trabajar.

- Claro, por eso pediste venir a este evento a pesar de que no te tocaba trabajar este sábado - le dijo su amiga mientras se iba sonriendo de allí.

Marcela sólo deseaba conocerle, por su admiración hacia él, pero no imaginaba que sentiría aquella extraña sensación dentro de ella, aquel escalofrío que recorría su corazón con fuerza y que intentaba controlar sin apenas lograrlo...
La sala estaba llena de gente hablando, riendo, bebiendo y comiendo, pero había llegado la hora de escuchar la música de Jan.

Un grupo de músicos había estado preparando un par de piezas de su nuevo disco y tocarían en su honor en breve en la sala Atenea, justo en la zona oeste del hotel. Así que su jornada laboral estaba a punto de finalizar, pues en aquella sala no se servirían más canapés, ni más bebida, y era la fase final de aquel evento.
Se aproximó a un grupo de  distinguidas personas cuyas copas estaban vacías para ofrecerles más champany, mientras su mente no dejaba de intentar comprender lo que le estaba ocurriendo. Su corazón comenzó a acelerarse sin motivo, su frente sudaba, su pulso temblaba, y entonces una voz penetró en su alma, expandiéndose por todo su cuerpo, como si fuera la más bella música, como explotando en su corazón. Una voz que reconocía en su ser, que revoloteaba como miles de mariposas en su pecho: su voz.




- Disculpa, ¿puedo? -le dijo señalando una copa de su bandeja.

Sus ojos se quedaron clavados en los de Jan, llorosos, su corazón parecía haberse ensanchado, su respiración se había acelerado, y sus piernas flaquearon, cayendo repentinamente contra el suelo, ante la mirada atónita del compositor.

"Perfecto Marcela, ¿le tienes delante y te desmoronas? Eso es patético, ¡increíble!, ¡cómo puede haberte pasado esto!"

Sus pensamientos la acusaban de ser torpe y desafortunada, pero gracias a aquel incidente, pudo sentir el brazo fuerte de aquel hombre, ayudándola a levantarse, y ver su sonrisa tras comprobar que ella estaba bien.

-´¿Estás bien? -le preguntó.

- Sí, sí, lo siento tanto, perdón, gracias, creo que he liado una buena, en fin, ahora lo limpio todo, disculpe, no era mi intención....

- No te preocupes, creo que deberías descansar, no tienes buen aspecto.

- Gracias, así lo haré, ya casi es la hora de plegar.

- Bueno, espero que te sientas mejor. ¿Cómo te llamas?

- Marcela.

- Bien, Marcela, como veo que todas estas personas nos están mirando demasiado, ¿qué te parece si te acompaño a la terraza para que te dé el aire?

- Es que tengo que limpiar este desastre -dijo con voz temblorosa.

- Ya lo limpio yo, vete ahora mismo a la terraza -ordenó Patricia mientras se disponía a recoger los cristales.

- En ese caso, está bien.

"Por qué me meteré yo en estos líos, ¿ahora cómo voy  a controlar esto que siento?, se va a dar cuenta"

En la terraza la luna era una compañía extraordinaria, y el frescor de la brisa estival, acompañada del aroma marino.

- Por fin lejos de todo ese gentío, siempre he detestado este tipo evento, pero a mi novia le encanta todo esto..

- Vaya, pues, parecía que estabas disfrutando.

- Sólo estaba siendo amable, ya hace tiempo que me he acostumbrado a este mundo, no por Vanessa, sino por mi trabajo, he tenido que tratar mucho con este tipo de personas, gente que tiene mucho dinero y que disfruta gastando y realizando cenas y eventos como el de hoy.

- Pero ser famoso te supondrá eso ¿no te gusta?

- No exactamente. ¿Sabes? Yo lo que quiero es vivir de lo que yo amo, de mi pasión, pero no me gusta la fama, tampoco me importa demasiado el dinero, sólo quiero hacer lo que me gusta, y poderme permitir viajar, conocer mundo, trabajar en cualquier lugar, componer mi música mientras contemplo el mar en una isla paradisíaca, o mientras observo el cielo estrellado desde la cumbre de una montaña, no necesito mucho más que papel y boli, y la inspiración de mi corazón. Aunque mi teclado también forma parte de mí, y es cierto que me lo llevo allá donde voy, pero eso no es problema.

- Veo que lo tienes muy claro, pero, disculpa si me meto donde no me llaman, creo que a tu novia no le gusta mucho esa idea.

- No te disculpes, veo que te has dado cuenta de que Vanessa es una mujer de carácter fuerte, eso fue lo que más me atrajo de ella, es decidida y lucha por lo que quiere con uñas y dientes, pero tienes razón, ella quiere un hogar, hijos, y un estatus social que a mí no me dice nada.

- Pero seguro que podrás adaptarte.

- Eso es algo que aún estoy planteándome, de momento estoy viviendo el presente, ella aporta a mi vida la aventura que deseo, la pasión, el amor, y su mundo es interesante, aún lo estoy descubriendo y no deja de fascinarme, sin embargo, todavía siento ese vacío, esa sensación de que falta algo dentro de mí, algo que no sé cómo definir.

- ¿Por qué me cuentas todo esto? Solo soy una desconocida.

- No lo sé, pero  supongo que me siento cómodo hablando contigo.

Una mujer delgada, hermosa, de cabello rubio y trenzado hacia un lado, vestida de forma llamativa y elegante, se acercó justo en ese momento, con un aire de enojo disimulado.

- Ah, estabas aquí, amor mío.Ven, va a comenzar el mini concierto.

- Sí, preciosa, ya voy. Bueno, Marcela, ha sido un placer conocerte, espero que estés mejor. Hasta pronto.

- Sí, hasta pronto.

Y así , se desvaneció aquel hombre, extrañamente conocido, del que, en un segundo, se había re-enamorado su alma y había re-conocido su Ser.

E. Vera Vitae (Arael Elämä Araham)
El Romántico Obsoleto - 
Capítulos de la novela "Alma Cristalina"
Todos los derechos reservados

ALMA CRISTALINA - CAPÍTULO 2 - SENSACIONES



Dos semanas después, Marcela todavía estaba conmocionada por aquel encuentro tan cercano con Jan, a pesar de que no comprendía el carácter de aquellas sensaciones extrañas que todavía recorrían su cuerpo.

Justo al día siguiente de haber mantenido aquella corta conversación con él, una ráfaga de sentimientos comenzó a apoderarse de ella sin que pudiera ejercer control alguno sobre éstos. Lo cierto es que, ni siquiera durante la noche, era capaz de dejar de pensar en él, y las horas iban transcurriendo lentamente en el reloj, mientras ella recordaba todo lo acontecido durante el evento de presentación de su nuevo trabajo. Sabía que era probable que le volviese a ver, puesto que aquello había sido tan sólo el inicio de una programación de pequeñas veladas para dar publicidad al apuesto compositor y, por supuesto, a su acompañante, la cual se encargaba personalmente de dirigir toda una campaña de marketing que lanzase definitivamente a la fama a su prometido.

Vanessa Montalbán había estudiado la carrera de turismo, pero estaba formándose también como directora de marketing y gestión comercial en Barcelona, y con el soporte financiero de su padre había comenzado a desarrollar su primer proyecto en su último año de carrera. Pretendía, con toda la fuerza de su carácter y toda su seguridad profesional, que su pareja alcanzara los objetivos que siempre había deseado, siendo así partícipe de sus sueños, algo que ella deseaba con toda su alma, para poder permanecer en su mundo definitivamente. Su intención era muy loable, sin embargo, revestía cierto riesgo para Jan, quien tendría que asumir que la deuda y el agradecimiento hacia su novia serían una robusta cadena que les uniría por mucho tiempo, tal vez más del que su amor pudiera durar. Sin embargo, Vanessa sabía muy bien que esa arma era muy poderosa y que él, no sólo no la abandonaría porque la amaba, sino que se quedaría junto a ella por ser su socia, su compañera, y por haberle ayudado tanto a cumplir su gran sueño.


Mientras tanto, Marcela trabajaba arduamente como camarera cuatro días por semana, además de escribir poemas por encargo para celebraciones a través de una página web que había creado. Así lograba, con mucho esfuerzo, pagarse la carrera de periodismo, la cual acabaría en un año. Siempre había sido una mujer indecisa, tal vez por su excesiva sensibilidad, amante de la poesía, de la danza, del arte, con un ardiente deseo de escribir todo aquello que se escondía en su alma bohemia, pero su timidez, sus temores, su poca confianza en sí misma, la habían llevado a dejar pasar algunos años antes de decidirse definitivamente a estudiar algo que realmente le permitiera expandirse y abrirse paso escribiendo. A menudo soñaba despierta con aquella gran obra de teatro que escribiría y que dirigiría para, así, poder sentir que finalmente había alcanzado su sueño.

No buscaba fama, pero sí deseaba dedicarse a lo que amaba, a aquello que nacía de su Ser.

Tal vez por ese motivo conectaba tanto con la música, pues ella era su gran inspiración, su musa, y, a menudo buscaba en internet nuevos compositores que la ayudaran a conectar con su inmenso mundo interior, ése que le proporcionaba una visión magnífica de lugares increíbles, sensaciones sin definir, palabras llenas de sonido, de melodías por inventar...


Jan había sido uno de sus descubrimientos, aunque cuando ella dio con su música en youtube, él aún era un hombre solitario y profundo, conectado con su alma y entregado a sus anhelos, luchando por ellos desde la inocencia de su ser. Sin embargo, ahora parecía moverse más por el impulso de ser conocido y apreciado por una élite selecta y refinada, quizás porque su amada pertenecía a ese mundo que a él tanto le fascinaba y le atraía. Aún así, Jan no encajaba muy bien con los refinamientos de sus nuevas amistades, pues solía incomodarle la falta de honestidad con la que se encontraba.

Todavía dependía del sueldo que le proporcionaba su empleo como profesor en el conservatorio de Lyon, el cual le había permitido hasta ahora permanecer en el mundo de la música, aunque desde el ámbito de la docencia, y compaginarlo con su trabajo como compositor independiente.


Marcela amaba su música con toda su alma, y desde el primer momento en que escuchó aquella sintonía que entró directa en su corazón, se enamoró perdidamente de todo lo que componía Jan. Seguía cada publicación en su página web, cada pieza nueva que exponía, cada nota, cada ritmo, sin embargo, nunca se había fijado en aquel hombre más allá de su admiración por su trabajo, hasta aquella noche en la que se encontró frente a él y vio en sus ojos el reflejo de su propia esencia, como si él albergara dentro de sí mismo el alma de ella. Todo eso era muy extraño, ¿cómo podía ser que ella se hubiera reconocido a sí misma dentro del cuerpo de otra persona? ¿Cómo podía ser que en su mirada hubiera visto todo un universo en el que ella se sentía viva, perteneciente y amada?

Una insólita emoción muy profunda se apoderaba de ella, como si fuera una ráfaga energética que nacía en su interior y se propagaba por todo su cuerpo, sintiendo de nuevo aquel temblor, aquel desvanecimiento, como un suave pero intenso cosquilleo que la llevaba a tener que estirarse y respirar calmadamente, cada vez que le venía a la mente su imagen.

Sentía cómo si al recordarle, alguna mágica conexión se activara entre ambos, y en ese justo momento comenzaba a verle en lugares diversos, en lo que parecía su casa, en la calle, en su trabajo, cenando con su prometida..., como si se trasladara hasta el lugar donde él se encontrase.

Aquellas noches en las que dormir se convertía en un reto difícil de alcanzar porque en su imaginación aparecía sin darle tregua, sin que lograra hacerle desaparecer, y después, agotada, cuando ya conseguía cerrar los ojos y dormirse, le sentía, como si estuviera ahí, a su lado, abrazándola; aquellas mañanas en las que su nombre era lo primero que su mente le mostraba en cuanto abría los ojos tras una noche confusa notando su presencia, aquellos sueños en los que se le presentaba, y que llevaban mensajes sobre él que, luego, días más tarde, corroboraba a través de alguna noticia colgada en su página web... Todo aquello fue como estar en una pesadilla y en un una burbuja de amor a la vez. En su mente no comprendía nada, en su corazón estaba totalmente enamorada, pero como nunca lo había estado, desde lo más profundo de su alma, y sin explicación coherente, pues apenas conocía a aquel hombre al que tanto admiraba.



Dentro de aquella locura interior que estaba viviendo sin que nadie lo supiera, se hallaba una pequeñísima esperanza de que él también estuviera sintiendo algo, aunque fuera cierto sentimiento de familiaridad, aunque fuera una pequeña chispa de amor, un ápice de cariño.


Sin embargo, nunca había tenido suerte en el amor, y esta vez había vuelto a fijarse en quien no debía, había vuelto a caer en lo mismo de siempre, y el miedo al rechazo era más poderoso que todas aquellas sensaciones, así que todo el tiempo trataba de olvidarle, de no pensar en él, de no escuchar ni siquiera su música, apartándole totalmente de su vida, para poder regresar a su normalidad, a su rutina.

No era tan difícil, teniendo en cuenta que él solía estar en Lyon y ella en Barcelona, así que, la distancia y el hecho de que ella sólo era una desconocida para él, la ayudarían a tratar de borrarle de su corazón y de su cabeza más rápido.


Parecía que ya estaba olvidando el encuentro, y que todo estaba en orden dentro de ella, incluso estaba escuchando nuevas composiciones de otros autores que la llenaban y la inspiraban mucho, hasta el punto de comenzar a escribir esa novela que siempre dejaba a medias y volvía a empezar, como si fuera algo interminable.

En su trabajo todo estaba tranquilo, ya no leía las noticias sobre Jan que él mismo publicaba en las redes sociales, ni se deleitaba con sus melodías, sencillamente disfrutaba con lo que hacía y se centraba en su vida, en ser feliz, en conocer a otros hombres.

Aquella mañana no fue a la universidad, se había quedado en la cama con fiebre, y trataba de descansar y dormir porque tenía que trabajar al día siguiente por la noche.

Lara, su compañera de piso, se estaba arreglando para irse mientras ella se disponía a tomarse un analgésico, cuando de repente el silencio se vio interrumpido por el sonido del teléfono. El sonido era estridente, porque Lara lo había escogido así, pues decía que si no sonaba bien alto nunca lograba escucharlo, pero aquella vez parecía estar retumbando con la fuerza de un cañón por toda la casa, o tal vez eso le había parecido a Marcela debido a su terrible dolor de cabeza.


  • !Lara, por favor, contesta al teléfono, por dios, que me va a estallar la cabeza! -gritó Marcela desde su habitación.
  • Tranquila, mujer, tenía que acabar de pintarme las uñas, ya voy- contestó.

Lara era una mujer de pelo negro y largo, lacio, brillante, muy atractiva y joven, pero era decidida y sabía muy bien lo que quería en la vida. Su carrera de actriz era lo más importante para ella. Trabajaba por las tardes en un bar del centro, pero por las mañanas acudía a la universidad donde estudiaba artes escénicas. Su novio la venía a visitar de vez en cuando, era un técnico de audiovisuales que trataba de abrirse camino, pero no sin el esfuerzo de ganarse un sueldo ayudando a su padre en su empresa todas las tardes y algunos sábados.


  • Marcela, te llaman de “Eventual” para avisarte de que este sábado hay un extra -dijo Lara justo después de abrir estrepitosamente la puerta de la habitación de Marcela- ¿les digo que estás disponible, o no?
  • ¡Lara! ¿no tienes una manera más suave de entrar en mi cuarto? -gritó poniéndose las manos en la cabeza.
  • ¿Qué les digo? ¡Les tengo al teléfono!
  • Sí, sí, vale, diles que sí, diles que sí.

Necesitas ese dinero, Marcela, así que no te queda otra que anular la cita con Javier


Días atrás había quedado con un chico que había conocido en la fiesta organizada por Lara para celebrar su vigésimo cuarto cumpleaños. A Lara le encantaba eso de ser el centro de atención, algo que Marcela detestaba, si alguien la miraba, se ocultaba rápidamente para huir de lo que para ella era embarzoso, así que nunca iba vestida de un modo que la hiciera sentir demasiado llamativa, eso le daba una vergüenza terrible, aunque al mismo tiempo admiraba la sensualidad y el desparpajo de su amiga y compañera de piso.


El evento había estropeado sus planes, pero al mismo tiempo era una buena manera de enfrentarse de nuevo a un acto que le recordaría sin lugar a dudas el encuentro con Jan, así que se pondría a prueba acudiendo a trabajar a un “extra”, un servicio de categoría para clientes de alto nivel.

E. Vera Vitae (Arael Elämä Araham)
El Romántico Obsoleto - 
Capítulos de la novela "Alma cristalina"
Derechos reservados

ALMA CRISTALINA - CAPÍTULO 3 - JAN SINCLAIR

CAPÍTULO 3 - JAN SINCLAIR

CAPÍTULO 3

JAN SINCLAIR

Traje elegante, perfume caro, una imagen de sí mismo frente al espejo que le convenciera de que podía salir a comerse el mundo. Jan se enfrentaba cada día a la rutina de su vida con su mejor sonrisa, buscando la manera de llegar a las almas de los demás, para poder así transmitir lo que había dentro de la suya, y además llegar al océano de cada ser humano aunque tuviera que hacerlo desde la superficialidad de una apariencia exquisita y bien cuidada, desde su mirada seductora y su carisma tan característico. Deseaba comprender cómo sentían otros seres humanos, cómo pensaban, cómo vivían, cómo experimentaban en el espacio de la sociedad donde se movían. Por ese motivo, para él era indispensable conocer a sus alumnos del conservatorio, porque cada personalidad se amoldaba de una manera diferente a la música y cada compositor expresaba lo que había dentro de él de una forma muy personal y particular.
 Tenía una gran habilidad para empatizar con la gente, reconocer sus debilidades, sus miedos, sus sueños, sus angustias, y eso le permitía guiar a los estudiantes de música a los que enseñaba. La docencia le había dotado de esa capacidad, ya que gracias a ella había conseguido adentrarse más en cada individuo, para apoyarle, para orientarle hacia su propio estilo musical, además de mostrarle lo que en el proyecto curricular del centro se requería. No se conformaba nunca con dar sólo lo que se marcaba como norma, sino que se entregaba totalmente a su pasión.
En su tiempo libre se dedicaba a componer músicas que, al igual que las personas, le hablaban de emociones, de experiencias, de sensaciones, de conflictos... y basaba sus melodías en su propio aprendizaje de vida, manifestando así todo lo que en su corazón se iba almacenando, todo lo que su ser deseaba expresar.
Su sueño se estaba revelando gracias a todo lo que él daba en cada tema compuesto, algo grande, algo que procedía de lo más profundo de él, pues un pedazo de su alma quedaba siempre grabado en cada canción.
Conoció a su prometida, Vanessa, en una fiesta a la que un amigo le había animado a ir.

  • Siempre estás solo, deberías buscar una mujer, que el tiempo pasa y lo de Sarah ya hace dos años que sucedió, tienes que superarlo. -Le decía Antoine cada vez que se encontraban.

Jan había intentado que sus relaciones funcionaran, pero no hallaba a la mujer que realmente le hiciera vibrar tanto como lo hacía la música. Era un hombre muy seductor, capaz de enamorar a cualquier mujer, pero su alma anhelaba algo especial, algo que no lograba acabar de ver. Con Sarah fue diferente, ella era hermosa, inteligente, amante de la música, como él, pero con el tiempo ella descubrió que él no era el hombre que deseaba como pareja en su vida, se enamoró de otra persona y le abandonó, algo que Jan no lograba asimilar y que sentenciaba cualquier oportunidad de tener algo serio con otra mujer, pues su deseo y su esperanza de que ella regresara acababa siempre por nublar cualquier sentimiento que naciera hacia otra persona.
Así que se refugiaba en su música, en relaciones superficiales, donde no tuviera que comprometerse con nadie, sumido en una gran contradicción interior, pues su alma ansiaba amar con total entrega, mientras que su corazón roto sólo quería compañía femenina, su mente rechazaba el amor y su instinto sexual le empujaba a buscar tan sólo el placer carnal.
Comenzó entonces de esa manera la relación que tenía con Vanessa, un fuerte deseo sexual entre ambos les llevó a unirse como pareja con el tiempo, en un intento de rellenar vacíos que ambos sentían en su interior.
En el fondo sabía que no amaba a esa mujer, no de la manera en que había amado a Sarah, no de la manera en que deseaba tanto amar a alguien, con fuerza, con pasión, con devoción, con ese amor que fuera totalmente completo, un amor que cubriera el campo intelectual, el corporal, el sexual, el emocional, el espiritual y el divino.
Con Vanessa se sentía complacido sólo en una parte de sus anhelos, pero ya se había dado por vencido, ¿qué podía esperar ya un hombre de casi cincuenta años de una relación de pareja? Si hasta ahora no había encontrado a esa mujer ideal, ya no la encontraría, y Vanessa era una buena compañera, emprendedora, delicada, dulce, sensual, y cubría todas sus necesidades emocionales y sexuales.
Las mujeres con carácter como Vanessa, siempre le habían atraído tanto como para caer en relaciones tormentosas que siempre acababan por dejarle herido, sin embargo, se atrevía a correr el riesgo una y otra vez, a pesar de preguntarse qué era lo que fallaba para que siempre se repitieran patrones tan similares en sus relaciones, en casi todas, pues Sarah no era como las demás, tal vez ella había sido su gran amor, pero ya no había nada qué hacer.

La noche del evento, Jan estaba particularmente feliz. Su novia sabía cómo complacerle como mujer, era una gran compañera, y sabía cómo animarle a seguir adelante con su proyecto profesional, era un apoyo muy importante. A él le encantaba la manera de ser de ella, le halagaba y le encandilaba su sensualidad y su tenacidad, su pasión, y eso le hacía sentir que todo estaba colocándose en su lugar, que por fin las cosas comenzaban a marchar bien. Sus pequeños logros se estaban convirtiendo en grandes logros, su relación iba cada vez más en serio, se sentía dichoso, tranquilo, triunfador.
Necesitaba una copa de champán para celebrar en su interior el éxito de su primer evento, su presentación oficial a la sociedad como compositor.

La camarera estaba de espaldas, llevando consigo una bandeja con copas de champán, ofreciéndolas a los asistentes.
Se acercó a ella sin que ella lo advirtiera y le pidió permiso para coger una de las copas.
Aquella mujer se giró y fue como si todo el mundo se girara a mirarle a él.
Era una chica atractiva, pero no era su tipo, sin embargo, no podía dejar de mirarla a los ojos. En unos segundos que parecieron horas, sintió que algo extraño le estaba sucediendo. Una serenidad, una gran paz se había apoderado de él, una sensación de bienestar maravillosa le estaba envolviendo, pero no entendía por qué.
De pronto, aquella mujer se desplomó y cayó al suelo.

  • ¿Estás bien? -le preguntó.
  • Sí, sí, lo siento tanto, perdón, gracias, creo que he liado una buena, en fin, ahora lo limpio todo, disculpe, no era mi intención....
  • No te preocupes, creo que deberías descansar, no tienes buen aspecto.


Realmente no lograba dejarse de sentir interesado por el estado de salud de aquella mujer que no conocía de nada. Sentía la necesidad de ayudarla, de cuidarla, tal vez sería porque la veía desvalida o frágil.
  • Gracias, así lo haré, ya casi es la hora de plegar.
  • Bueno, espero que te sientas mejor. ¿Cómo te llamas?
  • Marcela.
  • Bien, Marcela, como veo que todas estas personas nos están mirando demasiado, ¿qué te parece si te acompaño a la terraza para que te dé el aire?


Marcela accedió a su sugerencia y ambos salieron a la terraza.
No solía hacer esto con ninguna mujer desde que estaba con Vanessa, entre otros motivos porque ella era bastante celosa y sus discusiones y enfrentamientos siempre comenzaban por mucho menos de lo que estaba ocurriendo en esa terraza, sin embargo, su interés por Marcela era especial, necesitaba asegurarse de que ella estaba bien, y al mismo tiempo tenía curiosidad por conocerla, saber quién era, más allá de su profesión o de su aspecto físico.


Había algo en ella, algo que no sabía reconocer, algo que no lograba entender. Era la primera vez que la veía, pero su voz, su mirada, le resultaban familiares. Su sencillez le había encantado, y la sensación de serenidad que ella le transmitía era tan grande que no comprendía qué era lo que ella estaba emanando para que él, un hombre inquieto y casi hiperactivo, se sintiera sumergido en una brisa de quietud y de paz interior que sólo lograba experimentar cuando acababa de componer una de sus músicas y la escuchaba tras una buena ducha relajante.
Ella tenía algo especial, pero ¿qué sería?
Tras la conversación, que quedó interrumpida por la irrupción de Vanessa, la cual rompió toda esa aura de magia que se había creado, sintió que de alguna manera esa mujer le había parecido interesante, pero no con fines románticos, ni con fines sexuales, como podría haberle ocurrido con otras mujeres, sino de alguna manera que no conseguía definir. Ella le parecía peculiar, diferente, y sentía un gran respeto hacia su persona, algo que no entendía, pero que se llevó consigo aquella noche.
A partir de aquel día, su mundo comenzó a cambiar lentamente, lo que parecía una oportunidad de triunfo con su música, empezó a no ser suficiente, y sus discusiones con Vanessa incrementaron por la falta de confianza de ella hacia él y por su carácter absorvente. Sin embargo, su vida era un camino hacia un objetivo muy marcado, una meta que hacía años llevaba grabada en su corazón y no cesaría en su empeño de seguir avanzando hacia el éxito, junto a aquella mujer, costara lo que costara.
Era un luchador, un hombre que había trabajado duro para conseguir lo que deseaba en la vida, un hombre fuerte y perseverante, y vencería todos los obstáculos, tanto hacia su sueño como compositor, como hacia el equilibrio en su relación con Vanessa.
Pero ¿qué le ocurría con aquella camarera?


E. Vera Vitae (Arael Elämä Araham)
El Romántico Obsoleto
Capítulos de la novela "Alma Cristalina"

EL ROMÁNTICO OBSOLETO - ROMANCE EN BENIDORM

Se acercó a mí sutilmente, poniendo su mano en mi mejilla. Me miró con esa mirada profunda, intensa, inundándome por completo con el mar de sus ojos azules, envolviéndome con ese amor que emanaba con sólo dejar fluir lo que sentía por mí.
Aquel amor no podía pertenecer a este mundo, no era como los demás, o así lo vivía en ese momento en el que me abrazaba, cuando su corazón ardía, cuando sentía que mi alma se desprendía de mí, como desabrochándose de mi cuerpo para acercarse y fundirse con la suya.
  • Eres preciosa – me dijo mientras yo jugueteaba en el agua de la piscina con las burbujas azules que brillaban por la luz de los focos.
Los días de verano en Benidorm eran plácidos y bellos, y la compañía era perfecta. Clara y Leandro nos habían invitado a pasar unos días en su apartamento. La piscina era espectacular y por la noche, a partir de las diez, se encendían las luces inmersas en el agua, desprendiendo una ráfaga azulada que creaba un ambiente mágico imposible de evitar. Así que todos bajamos a bañarnos.
Nadar por la noche siempre me ha encantado y no podía perderme la oportunidad de hacerlo. El sonido del agua mientras me movía a través de ella era dulce y sinuoso al entrelazarse con el silencio y la calma que nos rodeaban, y la presencia de Arán me hacía sentir como en un sueño hecho realidad.
Allí, frente a uno de los focos, mis manos comenzaron a bailar con las luces y el agua, creando formas, ondas y burbujas que relucían y danzaban entre mis dedos, ante mis ojos enamorados de aquella sencillez, entregada a mi propia inocencia, como una niña pequeña fascinada por algo tan simple. Mientras tanto, él, me enviaba grácilmente todo su amor al observarme, enamorado de esa inocencia que desprendía sin apenas darme cuenta y yo le sentía, sí, sentía todo lo que él estaba sintiendo, y me elevaba, bautizada por su mirada.
  • A veces no hacen falta palabras para que sepa que me estás amando – le dije.
  • Lo sé, y sé que sabes que me encantas, que mirarte es para mí como alcanzar el cielo, y amarte es un privilegio para mi alma.
  • Cuando me hablas así no sé qué responderte. - le dije algo cohibida.
  • Pues no digas nada.
Y tras aquella frase sus labios se fueron acercando a los míos para fundirse en un apasionado y tierno beso que me volvió a demostrar que era la primera vez que me besaba un hombre, a pesar de que ya lo había hecho muchas veces, a pesar de que no era el único que me había besado en mi vida, y es que sus besos siempre me hacían sentir como una principiante en el amor, estremeciéndome por completo, deshaciendo todo aquello que no fuera felicidad dentro de mí.
Besarle era sentir su cuerpo entero en mí, su esencia, su existencia, era como reencontrarme con un ángel dentro de un hombre, era como descubrir mi propia esencia de mujer, mi propia divinidad a la vez, el deseo de ser suya y desaparecer entre sus brazos mientras hacíamos el amor, como si dos ángeles se fusionaran en un acto sagrado de entrega total.
Y así era cada vez que estábamos juntos, como si el mundo se acabara, como si sólo los dos existiéramos, como si nada más bello pudiera suceder en ese momento, pues sólo el amor era real, todo lo demás quedaba en espejismo.
Aquella noche volvimos a enloquecernos como dos adolescentes, entre caricias y besos, entre deseo y pasión, entre placer y caricias que nos arrancaban de nuestra vida cotidiana y nos trasladaban a otros mundos para amarnos, perdiendo la noción del tiempo, haciendo el amor toda la noche.
Era imposible parar, pues el deseo nunca desaparecía, y la dulzura y el amor que ambos sentíamos a veces nos embarcaba en momentos de miradas y besos, palabras y sexo, abrazos intensos que nos adormecían, gemidos que bailaban entre nuestros cuerpos, destellos de luz que se encendían con cada orgasmo, con cada roce, con cada “te amo” que se desmayaba de su garganta, o de la mía, mientras sus manos recorrían mis secretos.
  • No me dejes nunca – le dije llorando.
  • No llores, mi niña, ya sabes que siempre estaré a tu lado.
  • No tengo miedo de perderte, tengo miedo de que esto sea sólo un sueño.
  • Pero es real, amor mío, estamos juntos.
Al día siguiente fuimos al paseo marítimo, para volver al portal de luz que habíamos descubierto, un lugar mágico, colmado de una extraña belleza que nos impulsaba a visitarlo cada vez que íbamos. Cogidos de la mano, nos adentramos en la arena, hasta llegar a la orilla y nos sentamos cerca del agua. Mi falda era larga y el agua mojó parte de la tela, y sus pantalones de lino blancos quedaron también bajo las olas que iban y venían, pero no nos importaba, deseábamos sellar lo que sentíamos.
Así que Arán sacó de su mochila una caja y la abrió para enseñarme una lágrima azul, un zafiro precioso. Sabía que era mi piedra preciosa preferida, y la había comprado como sorpresa para mí.
  • Erica, eres mucho más que una pareja para mí, eres mi compañera, mi amada, mi amiga, mi confidente, mi guía, mi musa, lo eres todo, absolutamente todo para mí, y sé que estaré contigo pase lo que pase, aquí y en cualquier lugar donde vaya, porque no eres mi esposa en este lugar, en esta sociedad, existes en mí, eres el alma de mi alma, el ser de mi ser, y eso es para mí sagrado, intocable. Nadie será nunca lo que tú eres para mí, nadie lo fue antes, y en este ahora te quiero preguntar si en este presente que vivimos y en el futuro, quieres continuar caminando conmigo.
Me puso el colgante y esperó mi respuesta mientras yo trataba de no llorar para decirle lo que gritaba mi alma.
  • Arán, eres mi todo, mi vida, el alma de mi alma, y siempre serás mi compañero. Me encantará seguir a tu lado, caminando juntos, porque no sé volar si no te tengo, porque quiero compartir todo lo que soy contigo, porque este amor que siento es el motor que me guía y que me engrandece, porque ocurra lo que ocurra, siempre te amaré, esté donde esté, eres mi único y gran amor, el verdadero, el que nace de lo más profundo de mi ser, el que no se puede terminar jamás, pues nunca empezó, siempre fue, nació conmigo en esta vida. No es un amor humano, Arán, es un amor que traía consigo mi Alma, y que sólo a ti te pertenece. Te amo, te siento, te soy.
Y un nuevo beso se entrelazó en mi pecho, mientras le sentía de nuevo, envolviéndome con aquella sensación de estar a salvo, de que ningún peligro podría dañarme jamás, de que sólo los dos existíamos en aquella playa. Él era mi hogar.
  • Te amo, Érica, en la libertad de un amor que no te exigirá nunca nada, que es y existe para hacernos mejores, para que seamos nuestra mejor versión, para que expandamos amor hacia todas partes, para que seamos dos seres explotando en dicha, enseñando a otros a sentir, a saber quiénes son, a encontrar a sus compañeros de alma. Ya sabes que nosotros estamos aquí para eso, para guiar a otras personas, y lo haremos juntos.
  • Así es. Dejaremos plasmadas nuestras experiencias y las mostraremos al mundo, las escribiremos, y muchos corazones se abrirán, esa es nuestra misión, expandir, comunicar, dar.
Tras aquella conversación que fue el sello de nuestro amor eterno, dimos un largo paseo por la orilla del mar de Benidorm hasta quedar exhaustos y regresamos al apartamento.
Hoy, recuerdo con nostalgia nuestra promesa, sabiendo que cumplirla es nuestro gran anhelo, nuestra bendición y que con nuestro amor lo lograremos.
Arael Elämä Araham (E.Vera Vitae.)
El Romántico Obsoleto

EL ROMÁNTICO OBSOLETO - LA CITA


El viaje en el tren era lo de menos, su vestido, su maquillaje, su cabello, su perfume, todo lo que ella había preparado con suma cautela había quedado reducido a un breve suspiro tras media hora de trayecto. En el incómodo asiento donde reposaba su nerviosismo, el tiempo transcurría despacio y sus latidos iban tan rápido como la velocidad a la que ella se sentía disparada hacia algo que había estado esperando durante mucho tiempo.
Conocía muy bien aquella sensación de inquietud, podía ser devastadora, pero no podía permitirlo, era la primera vez que iba a verle y no quería estropearlo hablando demasiado, o estando demasiado tímida, o tal vez demostrando lo mucho que le importaba tenerle frente a frente por fin, después de meses enviándose cartas por correo electrónico.
Sabía muy bien lo poco atractiva que era, y que él no se fijaría en ella por su belleza, ni tampoco por su cuerpecillo frágil y flácido, además se sentía bastante poco para un hombre tan grande, al que admiraba tanto.
Recordó aquella vez en que quedó con quien iba a ser su primer novio hacía algunos años, cuando le quedaban unos meses para cumplir los diecisiete. El ya contaba con veinte años y parecía interesante, ya no vivía con sus padres y era un artista, pero fue todo un desastre, ninguno de los dos pronunció palabra y la cena fue totalmente silenciosa. Cada vez que intentaba hablar con él le entraba hipo y él no lograba mirarla a la cara, así que no apartó su mirada de su plato.
Cuando por fin él se decidió a preguntarle cómo se lo había pasado, un enorme trueno se hizo con el poder de su garganta y salió directo como un rugido espantoso que acabó por arruinar la velada por completo.
Y es que Mario no era precisamente el novio ideal, nunca lo habría podido ser, pero ella había decidido darle una oportunidad, “craso error” que le costó meses más tarde arrepentirse de haber sido tan considerada con alguien con quien no tenía nada en común sólo por su fascinación hacia su arte.
Su historial con los hombres no era demasiado bueno. Primero el pintor artístico, Mario el bohemio adinerado que la llevaba a exposiciones vestido como si no tuviera solvencia suficiente para comprarse unos pantalones decentes, y con el pelo perfumado con el ayuno de varias semanas de un lavado en condiciones.
  • Me gusta emanar este aroma a hombre – le decía orgulloso e incrédulo ante el sugerente reproche de ella, cada vez que , entre palabras increíblemente diplomáticas, trataba de hacerle entender que se lamentaba de su rancio perfume emanado por la habitación, acompañado de su atuendo pintoresco, e incluso en ocasiones tan aciago como lo podía llegar a ser un estercolero .
Y es que a Tania le gustaban mucho los hombres con personalidad, diferentes, de esos que llaman la atención porque van contra la corriente, porque luchan por un mundo mejor, porque conectan con su alma y se expresan sin tapujos, sin miedos, sin vergüenza, sin embargo, nunca daba con ninguno que estuviera cuerdo, o que se mostrara inteligente además de apasionado por cambiar la realidad en la que vivimos. Mario era un hombre que no conocía la higiene y que usaba su dinero, bueno, más bien el dinero de su padre, para comprar cervezas y conseguir el reto de enfadarle cada día un poco más, gastándolo en apuestas con sus amiguetes, o en equipos de música, o en largas estancias en apartamentos en el extrangero con sus colegas, esos que compartían las mismas costumbres infectas que él.
Tania nunca entendió cómo podía haber salido con él si parecía más un mueble adquirido como adorno para él que una pareja, de hecho, no llegó a acostarse con él por dos motivos muy evidentes, uno debido a que la distancia que la mantenía a salvo del desmayo no le permitía ni siquiera abrazarle, y otro su homosexualidad no aceptada, motivo por el cual nunca mostró interés sexual por ella.
Aquello seguramente había sido una pesadilla de su adolescencia, una entre unas cuantas, claro, porque ese fue su primer novio, pero el segundo tampoco fue muy especial.
Continuaba en el tren pensando en sus anteriores parejas, imaginando que aquel hombre con el que se iba a reunir en breve podía ser ese ideal que tanto había soñado.
Ya sólo quedaban tres paradas, sólo diez minutos para verle, y realmente estaba muy agitada. Estaba sentada y sus piernas flaqueaban, sus manos temblaban, y le faltaba la respiración, necesitaba distraerse y la música que escuchaba con sus auriculares no la relajaba. Debería volver a evocar los recuerdos de aquellos tiempos en los que sus citas eran una ruina, pues la verdad es que no había tenido demasiada suerte.
Se acordó de Joan, aquel muchacho catalán que conocío en su viaje a Ibiza, ese que podría haber sido su gran amor y que se convirtió en otra pesadilla, y de Fermín, el informático obsesionado con los ordenadores que estaba siempre ante la pantalla aunque ella se vistiera con la lencería más exótica y sensual que había encontrado y comprado exclusivamente para conseguir levantar la moral de su pareja.
También recordó la primera cita con Pedro, un colombiano con el que supo lo que no querría nunca que le sucediera a ninguna mujer en la vida, tener sexo y sentir lo mismo que se siente cuando estás anestesiado de cintura para abajo, en fin, si un mono hubiera venido a hacerle cosquillas en los pies hubiera sido más agradable y placentero que lo que aquel pesonaje consiguió en cada uno de los intentos sexuales que tuvo para averiguar si lo podía hacer aún peor o no.
Nada que ver con Francesco, con el que sólo podía repetir la misma frase cada vez que venía y le susurraba todo lo que iba a hacerle en el oído, “mamma mia!”, el italiano sabía todos los puntos que tenía que tocar, todas las letras del abecedario estaban para él escritas en la piel de Tania para ser activadas en una oleada de placer que ella no sabía controlar, es más, no quería interrumpir nada de lo que aquellas manos conseguían hacerle sentir con su magia sexual. Sin embargo Francesco era demasiado aficionado a tocar letras, y las tocaba con sus amigas, con las amigas de sus amigas, con las vecinas y con las madres de las amigas y de las vecinas, todo un seductor sin límites, conocedor del cuerpo de la mujer, poeta del amor y del erotismo, al que Tania recordaba en aquel momento con un  “ay, dio mio, Francesco, non ho parole!”.
La voz que anunciaba la llegada a la estación de Barcelona acababa de retumbar en el pecho de Tania. Ya había llegado el momento.
Aquel hombre era diferente, pero todavía no estaba convencida de que su fortuna hubiera cambiado y de lograr encontrar a su alma gemela después de tantos intentos.
Bajó del tren, el andén era oscuro y estaba invadido de gente corriendo con prisas, como si se les fuera la vida en cada gesto, como si llegar tarde les pudiera suponer perderlo todo. Se acercó a las escaleras mecánicas y, firme y decidida, se dispuso a subir por ellas.
El día estaba bien soleado y en la ciudad se sentía siempre conectada a su esencia, llena, feliz, así que ese día iba a ser especial, lo sabía.
Allí estaba la plaza de Cataluña, y se acordó entonces de un gran amor que tuvo, un muchacho que iba en bicicleta a trabajar, alguien con quien supo lo que era la complicidad, la verdadera esencia del amor, alguien de quien se enamoró profundamente y que dejó ir cuando ese enamoramiento se desvaneció de ella sin otro culpable que la rutina, la falta de espacios conjuntos, la falta de conexión entre ambas almas.
Con él aprendió mucho, creció, supo amar, pero no consiguió nunca que su amor se manifestara a través de sus dos almas, a pesar de su gran afinidad mental y emocional, nunca pudo cubrir del todo el vacío que ella sentía al no lograr tocarle en su ser, al no lograr comunicarse con su esencia más allá de sus muros.
Por un instante le añoró, pero después recordó a qué había venido. Alan, el apuesto hombre que tantas veces le había escrito estaría allí, esperándola.
Un hombre vestido con una chaqueta marrón y un pantalón negro la esperaba en la puerta del centro comercial. Su cabello negro y liso, peinado hacia un lado de un modo muy elegante, le llegaba casi por encima del hombro. A ella le atraían mucho los hombres con el pelo largo y eso era un punto muy a su favor. Sus ojos azules la fulminaron nada más conectar con ellos, hasta el punto de tener que apartar la mirada para no ruborizarse. Y su sonrisa, su sonrisa la enamoró por completo, como en un flechazo.
  • Hola, Alan, ¿qué tal?
  • Hola, Tania – le dijo dándole dos besos. ¿Te parece bien que vayamos a comer? Hice una reserva en un restaurante que está cerca de aquí.
  • Sí claro, perfecto, vamos...
Lo que sucedió después fue que el tiempo se paró, todas las anteriores citas se borraron de su mente, su cuerpo experimentó el amor en cada partícula, su alma se abrazó al alma de Alan, y sus miradas se entrelazaron hasta hacer el amor en un instante eterno.
Pero Tania es Tania, y su enamoramiento se tradujo en inseguridad, en miedo al rechazo, y cuando supo que no era su tipo de mujer, cuando él le habló de su vida, se dio cuenta de que sólo ella le había amado, sólo ella le había tocado el alma y sólo ella se había entregado en cada mirada.
Así que, pensando en lo que se perdería si él no se sentía atraído por ella y en lo guapo que era e imaginando cómo estaría Alan si se quitara aquella camisa blanca que tan bien le quedaba, su subconsciente la traicionó y, en un gesto torpe, tiró el café sobre dicha camisa achicharrando el pecho del pobre hombre.
  • Deja que te limpie – le dijo mientras trataba de echarle agua en la mancha.
  • No, tranquila, no te preocupes, voy al servicio y lo arreglo.
  • No, no, ha sido culpa mía, déjame ayudar, por favor.
Y de nuevo el desastre se hizo presente cuando la exitación de ella consiguió que el agua tomara protagonismo al caer por todo el pecho de Alan, provocando un subidón de calor en Tania de tal magnitud que el agua acabó también en su entrepierna. Ante tal exceso ella se apresuró en tratar de secar la humedad en aquel delicado lugar, justo cuando uno de los camareros se acercaba a traer la cuenta.
El rostro de Alan sería de película de dos rombos si nos remontáramos a los tiempos en los que la televisión era en blanco y negro, y el refinado camarero estaba escandalizado pensando en algo que seguramente le hubiera gustado experimentar él en su persona.
Si a eso le sumas que con el movimiento del frotamiento, el escote del ligero vestido de Tania dejó entrever algo más que el inicio de sus pechos, bueno, creo que la situación habla por sí sola.
No fue tan espantoso como parece, tal vez a Alan le gustaran las atentas friegas que Tania le hizo para aliviar la situación, pues esa sólo fue la primera de muchas citas, aunque, que quede entre nosotros, no fue la más desafortunada.
Y es que el amor a primera vista a veces necesita un poquito de ayuda...ya me entendéis...
Tal vez el encuentro con tu alma gemela no sea como en las novelas románticas, tal vez pase frente ti sin que te des cuenta, o tal vez te derrame una taza de café en tu camisa preferida, o simplemente puede que un día tengas con ella una cita tan desastrosa que no quieras volver a verla, pero es cierto que Tania la halló aquel día y, contra todo pronóstico, se volvieron a ver y repitieron escenas como aquella hasta que un día se dieron cuenta de que nada les podía separar, ni siquiera una situación embarazosa.
Arael Elämä (E.Vera Vitae)
El Romántico Obsoleto
(humor)